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Preparación para la muerte y regla de vida
cristiana
Lo más importante para nuestra vida sobre la tierra
Con lenguaje directo y fina comprensión del alma
humana, el Doctor de la Iglesia y príncipe de
los moralistas, San Alfonso María de Ligorio
emprende la celosa tarea de guiar al fiel por el
camino del abandono de sus faltas, disponiéndose
a dar una buena cuenta de su vida en el momento
de la muerte, gozando de los placeres de la
amistad de Dios ya en la tierra.
Pero este magnífico plan de trabajo no es el
mayor mérito de la obra. Reside, a juicio de los
editores, en la luminosa visión de las
complejidades de la psicología del pecador, de
las oposiciones de los vicios y malos hábitos y
de la presión misma del ambiente, conjurados
todos contra la purificación de la vida del fiel.
Y, junto con este mérito de hábil psicólogo
viene a su encuentro el notable talento de
aquilatado pedagogo, pendiente en cada momento
de guiar el alma de manera tal que cada
comprensión no habite meramente en las
facultades del intelecto o del sentimiento, sino
que se plasme en aprendizaje de vida y, por
consecuencia, en cambios de vida reales y
constantes. San Alfonso María de Ligorio es, con
mucho, uno de los mejores formadores de virtudes
y perfecciones reforzado por las delicadezas y
el énfasis de la caridad verdadera.
Cabe destacar, finalmente, que la obra que
presentamos tiene el mérito de ser la
trascripción fiel del original del siglo XIX,
detalle del que nos privilegiamos gracias a la
caridad de D. José Augusto Payeras Piña, quien
con prolijo celo apostólico ha procurado
a los lectores del siglo XXI las garantías de un
texto sin las modificaciones o censuras propias
de ediciones posteriores adaptadas a inquietudes
del momento.
(Editorial Surgite!,2006, 372 páginas)
Precio US$ 4.00
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MUESTRA - "PREPARACIÓN PARA LA
MUERTE - S.
ALFONSO MARÍA DE LIGORIO |
CONSIDERACIÓN 33ª
EL AMOR DE DIOS
Nos
ergo diligamus Deum
quoniam Deus
prior dilexit nos.
Amemos, pues, a
Dios
ya que Dios nos
amó primero.
(1 Jn. 4, 19)
PUNTO 1º
Considera
¡cristiano! que Dios merece que
le ames porque él te ha amado
antes de que tú le amaras y ha
sido el primero de todos cuantos
te hayan mostrado cariño: “Te
he amado -dice el Señor-
con perpetuo amor” (Jeremías
31, 3). Los primeros que te han
amado en este mundo son los
autores de tus días (los padres)
pero no éstos no te han amado
sino después de haberte
conocido, es decir, desde que
naciste. Pero Dios te amaba ya
antes de que existieras. Todavía
no habían venido al mundo tus
padres y Dios ya te amaba. Pero
¿qué digo? Todavía el mundo no
había sido criado y Dios ya te
amaba. ¿Y desde cuánto tiempo
antes de la creación del mundo
te amaba el Señor? ¿Quizás mil
años, mis siglos antes? Es
inútil contar años o siglos.
Sabe ¡hijo mío! que Dios te ha
amado “con perpetuo y no
interrumpido amor y que por eso
te atrajo misericordioso hacia
Sí” (Jer. 31, 3). En fin,
Dios desde que es Dios te ha
amado siempre; desde que se ama
a Sí mismo te ha amado también a
ti. Con mucha razón, pues, le
decía la santa doncella Inés al
tirano que quería seducirla y
captar su amor con grandes
sorpresas: “Otro antes que tú
se ha anticipado en amarme”.
Cuando el juez le presentaba a
la vista las delicias que le
ofrecía el mundo, cuando le
manifestaba que todas las
criaturas solicitaban su amor,
la santa siempre contestaba:
“¡No, mundo, criaturas, yo no
puedo amaros; mi Dios fue el
primero en amarme; es, pues,
justo que consagre a Dios solo
todo mi amor”.
Así, pues ¡hermano
mío! tu Criador te ha amado
desde toda la eternidad y, tan
sólo por efecto de su amor, te
ha escogido entre tantos hombres
como podía criar, te ha dado la
existencia y te ha colocado en
el mundo. Y por amor a ti
solamente crió tantas otras
agraciadas criaturas, para que
te sirviesen y te recordaran el
amor que Él te tuvo y te tiene y
el que también tú debes tenerle.
“El Cielo y la tierra
-decía san Agustín- y todas
las cosas me están diciendo ¡oh,
Dios mío, debo amaros”.
Cuando este santo miraba el sol,
la luna, los montes y los ríos
le parecía que todos estos
objetos le hablaban y le decían:
“¡Agustín! Ama a Dios, pues
Él nos ha criado por ti, para
que tú le ames”. El abate de
Rancé, fundador de la Trapa, al
contemplar con admiración las
colinas, las fuentes y las
flores, decía que todas estas
criaturas le recordaban el amor
que Dios le había tenido.
También santa Teresa solía decir
que las criaturas le echaban en
cara su ingratitud hacia Dios.
Cuando santa María Magdalena de
Pazzis tenía en su mano alguna
hermosa flor o alguna fruta
sabrosa y sazonada sentía herido
su corazón como si fuera una
flecha y, poseída de un santo
entusiasmo, exclamaba: “¿Es
esto posible? ¡Mi Dios pensó
desde la eternidad en criar
estas flores, estas frutas, para
incitarme a que le amase!”.
Considera, además,
el amor especial de Dios en
hacerte nacer en un país
cristiano y en el seno de la
verdadera Iglesia. ¡Cuántos
hermanos tuyos nacen entre
idólatras, judíos, mahometanos o
herejes, que se pierden todos!
Muy corto es el número de los
que tienen la dicha de nacer
donde reina la verdadera fe y,
en este número,
proporcionalmente tan reducido,
el Señor te ha escogido a ti. ¡Oh,
cuán inmenso es el don de la fe!
¡Cuántos millones de personas
están privadas de sacramentos,
de sermones, de buenos ejemplos,
de buenas compañías y de todos
los demás medios que tenemos en
nuestra Iglesia para procuramos
la salud eterna! Pues bien, Dios
ha querido concederte todos los
auxilios sin mérito alguno de tu
parte y aun previendo desde la
eternidad todos tus pecados pues
cuando pensaba criarte y
concederte todas estas gracias
preveía ya las injurias que
habías de hacerle.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh, soberano Señor
del Cielo y de la tierra! ¡Bien
infinito, majestad infinita!
habiendo Vos amado tanto a los
hombres ¿cómo pueden éstos
despreciaros? Pero ¡ay de mí!
que si lo considero atentamente
observo que, entre todos los
hombres, me habéis amado ¡Dios
mío! de un modo particular,
concediéndome gracias especiales
que a tantos otros habéis negado
y yo os he despreciado mucho más
que todos ellos. ¡A vuestros
pies me arrojo, oh, Jesús, mi
Salvador! “No me arrojéis de
vuestra presencia” (S. 1,
13). Ya veo que merezco ser
desechado a causa de mi
ingratitud pero habéis dicho Vos
mismo que no sabéis desechar el
corazón que vuelve a Vos
arrepentido: “Al que viniere
a mí no le desecharé” (Jn.
6, 37). ¡Yo soy este pecador, oh,
Jesús mío! Me presento a Vos
arrepentido de mis faltas. Os he
desconocido hasta ahora mas ya
os reconozco como mi Señor y
Redentor que moristeis para
salvarme y para obtener mi amor.
¿Cuándo cesaré yo, oh Jesús mío,
de ser ingrato con Vos? ¿cuándo
empezaré de veras a amaros?
Desde hoy tomo la resolución de
amaros con todo mi corazón y de
no amar sino a Vos solo. ¡Oh,
Bondad infinita, os adoro por
todos aquellos que no os adoran
y os amo por todos aquellos que
no os aman! ¡Creo en Vos, espero
en Vos y me consagro a Vos
enteramente! Ayudadme Vos con
vuestra divina gracia pues
conocéis ya mi debilidad; pero
si tanto me protegisteis cuando
no os amaba ni deseaba amaros
¿cuánto más debo esperar vuestra
misericordia ahora que os amo y
que no deseo sino vuestro amor?
¡Dadme, Señor, vuestro amor!
pero un amor ferviente que me
haga olvidar todas las
criaturas; un amor fuerte, que
me haga vencer todas las
dificultades para complaceros;
un amor constante, un amor
perpetuo, de suerte que nunca
más se rompa este vínculo de
unión entre Vos y yo. ¡Oh, Jesús
dulcísimo, todo lo espero por
vuestros méritos y por vuestra
intercesión, oh, Madre mía
inmaculada!
(...)
(Extracto del Capítulo 33) |
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